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viernes, 19 de enero de 2018

HOMENAJE A ONOFRE LOVERO

Recordamos la presentación de la obra de María Laura Vila en Boedo en el año 2014  y el acto realizado por la noche donde se entregó el premio que realizara la esposa de Onofre reproduciendo el Galileo Galilei que interpretara el Maestro Lovero



HOMENAJE A Onofre Lovero







El martes 9 de diciembre de 2014 se presentó la obra de una de nuestras Damas del Abanico la Sra. María Laura Vila, que pasa a integrar el "Paseo de las Esculturas de Boedo", la obra en cuestión es un busto de su esposo Onofre Lovero, pieza que recibió el nombre de "Por amor", efectuado en resina poliester.

Por la noche en el Centro Cultural Gral San Martín se realizó la entrega del Premio al Teatro Independiente "Onofre Lovero" siendo el mismo una estatuilla confeccionada también por María Laura a la que dio el nombre de "Eppur si Muove" ( Y sin embargo... se mueve) que representa al actor y director Onofre Lovero en su caracterización de Galileo Galilei










Este premio que se entrega por primera vez, galardonó al reconocido docente, escritor, investigador y director teatral Francisco Javier.














Con la presencia del Director General de Promoción Cultural  Lic. Guillermo M. González Heredia,   el Director Ejecutivo de Proteatro Sr. Alberto Vivian Cattan, se desarrolló el acto que distinguió a los Sres. Roberto Escobar e Igón Lerchundi, mimos, a quien se les hizo entrega de una plaqueta como así también a las responsables del Programa de Formación de Espectadores








 A continuación se difundió un video  con escenas  de diferentes actuaciones del Maestro Lovero y el homenaje que su hija María grabó en Santiago de Chile donde se encuentra bailando con el Ballet Nacional de Chile







Las autoridades presentes pidieron a María y a Laura unas palabras al finalizar  la proyección. 





















Se procedió  luego a descubrir el busto de Onofre, realizado por su esposa y que será ubicado  en el espacio de  PROTEATRO, institución que dirigiera el   regisseur y maestro de actores.


jueves, 18 de enero de 2018

HISTORIAS DE MUJERES DE LA HISTORIA Juana Manuela Gorriti

Otro relato  interesante de una Dama  rescatada de la  rica historia de nuestro país.


JUANA MANUELA GORRITI


            Juana Manuela Gorriti, mujer de vida intensa, apasionada, escritora prolífica, fue considerada la principal escritora argentina del siglo XIX.




Nació en Horcones, Salta, el 15 de julio de 1818, hija de Feliciana Zuviría y José Ignacio Gorriti, en una familia poderosa, con destacada actuación en las guerras de la independencia, lo que le significó perder toda su fortuna. Embanderado en la causa unitaria, Gorriti fue derrotado finalmente por Facundo Quiroga y debió huir a Bolivia.








            Comienza en Tarija un exilio que iba a ser para Juana Manuela el comienzo de una vida apasionante. Existen relatos que la describen como una niña excepcionalmente despierta y bonita, con rizos dorados y ojos vivaces. Temeraria y aventurera.









Lo cierto es que en su viaje a Tarija (tenía entonces 14 años), llevaba el recuerdo de un preceptor con el que estrenó tórridos amores. Allí conoció al joven teniente Manuel Isidoro Belzú, oficial del ejército boliviano, con quien se casó. Ambicioso, con pocos escrúpulos, de temperamento impetuoso y temerario, fue el padre de sus dos hijas: Edelmira y Mercedes.




Mercedes Belzú Gorriti



            El hogar que constituyeron fue al principio tranquilo, pero un creciente deterioro los llevó a la separación 14 años más tarde. Se dice que Belzú la repudió por celos, pero en el escrito que justifica la anulación del matrimonio abunda en otros argumentos: la acusa de indiferencia conyugal y falta de imaginación en el lecho. Dice que su presencia en la cocina era insufrible debido al indigente repertorio de carne sancochada, empanadillas insulsas, arroces lánguidos y aves de corral asadas a la que te criaste. No vaciló en calificar de “bazofia” el puchero que ella preparaba y le servía día y noche.







 La propia Juana Manuela consigna esta anécdota en el prólogo de su libro de recetas que tituló: ¡Cocina ecléctica!, donde admite haber frecuentado más la lectura de Plutarco, Virgilio y Racine, que en haberse preocupado de contentar el paladar de su bravo y celoso marido.
         

  Cuando Belzú fue desterrado, su mujer y sus hijas lo acompañaron al Perú. Allí Juana Manuela encontró su lugar en el mundo. Y cuando él regresó a Bolivia lo hizo sin su mujer y sin sus hijas. Ella entonces abrió una escuela primaria y un colegio para señoritas, iniciando una serie de veladas literarias que atrajo a famosos escritores, destacándose ella misma como narradora, publicando en diarios y revistas de toda América e incluso de Madrid y París.



            Durante esa estancia en Perú y luego de separada de Belzú, tuvo otros dos niños, sin declarar nunca de quien (o quienes) eran hijos.


            En 1850 Belzú protagoniza un levantamiento en Bolivia y es proclamado presidente, pero durante la revuelta es asesinado por el dictador Melgarejo, que abandona el cadáver en el Palacio de Gobierno hasta que Juana Manuela, que se encontraba en La Paz visitando a sus hijas, se presenta a reclamarlo. Cuenta ella: “Cuando me dijeron que Belzú había caído, corrí en medio del combate, llegué hasta el desventurado, ya cadáver, lo levanté y lo llevé a casa, a ese hogar que él había abandonado tanto tiempo atrás. Con mis manos lavé su ensangrentado cuerpo y acostándolo en su lecho mortuorio, lo velé y no me aparté de él hasta que lo coloqué en la tumba.”

            Juana Manuela sueña con una bella y dulce venganza: hacer triunfar la causa del pueblo y se pone al frente de un movimiento político, pero el gobierno la obliga a salir de Bolivia y retorna a Lima, su lugar.

            Argentina fue su lugar de origen, la tierra de su infancia y también la que eligió para pasar sus últimos años.

            Bolivia la tierra donde se hizo mujer y se casó, donde fue esposa y madre por primera vez.

            Pero fue Perú el país que la vio desplegar su potencial como ser humano y desarrollar los aspectos que hicieron de ella la figura que quedó como un legado para las generaciones de mujeres por venir. Escritora del triunfo de la feminidad y los derechos de la mujer, muy independiente para su tiempo, interesada por el lugar de la mujer en la sociedad, de ella dijo la escritora Martha Mercader, autora de Juana Manuela Mucha Mujer: “Era mucha mujer para un general de la época.”

            Murió en Buenos Aires, el 6 de noviembre de 1892, a los 75 años, cargada de laureles y leyendas.


                                                                            LEONOR MAZZARONE


                                                                                          12/12/2009

domingo, 14 de enero de 2018

Como llegó la Quinta de Olivos a ser Residencia Presidencial

Nota de Juan Pablo Bustos Thames  publicada en el Diario La Nación en octubre de 2015


La historia del predio es tan vieja como la Ciudad; el lote fue otorgado por Juan de Garay a uno de los colonos que trajo de Asunción. El vínculo con un vocal de la Primera Junta y la donación de un dandy soltero y generoso.



La legendaria Residencia Presidencial de Olivos ubicada a unos diez kilómetro al norte de la ciudad de Buenos Aires, en la localidad del mismo nombre es, seguramente, uno de los edificios que simbolizan la investidura del primer mandatario en la República Argentina.
Ahora bien, ¿Cómo es que este extenso predio, de alrededor de treinta y cinco hectáreas, ubicado en el partido bonaerense de Vicente López, llegó a ser la residencia del titular del Poder Ejecutivo en nuestro país?
Juan de Garay fundó, por segunda vez, la Ciudad de la Trinidad y el Puerto de la Santa María de los Buenos Aires el 11 de junio de 1580. En su expedición, originaria de Asunción del Paraguay, Garay vino acompañado de 64 hombres y una mujer (Ana Díaz), con sus respectivas familias.
Entre estos primeros habitantes, Garay repartió las extensas parcelas en las que dividió la tierra anexa al poblado que acababa de fundar. Después de lotear los terrenos los distribuyó por sorteo a cada colono que trajo de Asunción. Al militar Rodrigo de Ibarrola le tocó la suerte  número 39 que comprendía:

1°) El cuarto de una manzana próxima a la Plaza Mayor, (hoy Plaza de Mayo) detrás del Cabildo Porteño, para ser más precisos.
2°) Una huerta de aproximadamente una manzana, en el actual barrio de Constitución; que por entonces quedaba al Sur del poblado originario


3°) Una extensa “Chacra” de unas 300 varas de Este a Oeste ( unos 250 metros), contados a partir de la barranca del río, hacia el interior; por una legua de largo (5 kilómetros paralelos al río). Se trataba de una línea de “Chacras” que nacían cerca de la actual Plaza del Retiro hacia el Norte y terminaban en San Fernando. Era una forma de darles a los primitivos colonos porteños una extensión adicional de terreno, para su explotación agropecuaria, fuera del ejido urbano. Así nació la costumbre de muchos vecinos de tener una vivienda en la ciudad y una “chacra” o “quinta” en el Norte de la ciudad, que continúa hasta hoy.


Dentro de la chacra adjudicada a don Rodrigo se encontraba el terreno en el que  hoy se erige la “Quinta Presidencial” de Olivos, demarcado por las calles Villate, Malaver, Av. Maipú y las vías del Ferrocarril Gral. Mitre.
En aquel entonces, la ribera del Río de la Plata llegaba a sus inmediaciones. Por algún motivo, Rodrigo de Ibarrola no se asentó definitivamente en la nueva urbe; al poco tiempo retornó a Asunción, de cuyo Cabildo llegó a ser regidor, luego de haber ocupado idéntica función en el de Buenos Aires.
No sabemos bien cómo se fue transmitiendo la propiedad debido a que no existía un sistema registral; tampoco se conservan todos los archivos de la Buenos Aires colonial.
En 1774, don Manuel de Basavilbaso, que era administrador general de correos de la ciudad, adquirió esa porción de la “Chacra” originaria de don Rodrigo, a un tal Pedro Morán. Al fallecer don Manuel, la heredó su única hija, Justa Rufina de Basavilbaso y Garfias; quien se casó con un primo hermano suyo, más tarde sería famoso: don Miguel Ignacio de Azcuénaga y Basavilbaso, conocido entre nosotros por el nombre abreviado de Miguel de Azcuénaga.




El padre de Justa Rufina era hermano de la madre de Miguel Ignacio quien presidiera la Primera Junta de Gobierno, tras la Revolución de Mayo de 1810. En 1812 ocupó el cargo de titular de la Gobernación Intendencia de Buenos Aires; con lo que llegó a ser el primer gobernador de la actual Provincia de Buenos Aires. En 1819, fue diputado al Congreso de Tucumán, que entonces ya sesionaba en la Capital. En 1828 intervino en las negociaciones de paz con el Imperio de Brasil. Murió el 19 de diciembre de 1833, en la misma Quinta de Olivos. Su esposa había fallecido el 5 de febrero de 1818.
En vida, ambos disfrutaron de la quinta, donde se había construido una casa, como residencia de descanso. En la ciudad, residían frente a la Plaza de Monserrat (hoy plazoleta Provincia de Jujuy, frente al ex Ministerio de Obras Públicas, en la Av. 9 de Julio, entre Moreno y Alsina)
La casa de la “Quinta” era sencilla de estilo colonial: de una sola planta, con paredes de adobe blanqueadas y techo de tejas; el frente daba a la barranca del río. Muchas de las prominentes familias patrias de entonces eran vecinas de los Azcuénaga. Uno de los hijos del matrimonio, Miguel José, conocido en la familia como “Miguelito”, para distinguirlo del padre, heredó luego la propiedad que los Azcuénaga llamaban “Chacra Nueva” para diferenciarla de la “Chacra Vieja” que heredaría su hermana Manuela.
En la “Chacra Nueva” Miguelito se dedicó a criar caballos de raza. Los vecinos la rebautizaron entonces como “Cabaña de los Azcuénaga” Tiempo después, Miguelito requirió a su amigo y contemporáneo Prilidiano Pueyrredón, único hijo de Juan Martín de Pueyrredón y el más prestigioso arquitecto argentino de entonces, que diseñara una nueva casa, más cómoda y acorde a los nuevos tiempos. Prilidiano se había graduado en el Instituto Politécnico de Francia, y era también un  reconocido pintor y escultor.


Pueyrredón puso manos a la obra y en 1851 confeccionó los planos de su primera edificación importante en nuestro país: la hermosa casa neoclásica que sustituyó a la vetusta vivienda colonial de los Azcuénaga. Su frente es básicamente con pocas adecuaciones, el que conocemos hoy. El diseño de Prilidiano era novedoso, basado en una seguidilla de terrazas divergentes, en tres niveles que, abriéndose en diagonal, van convergiendo hasta transformarse en un hermoso mirador, en la cima.
Por esa época, se llevó a cabo un hermoso e importante trabajo de parquización en el que intervino el famoso paisajista francés Charles Thays (diseñador de los parques de Palermo y otros), quien embelleció la rudimentaria chacra colonial, plantando tipas y araucarias.
Hacia 1863, el ferrocarril llegó a Olivos siguiendo una traza paralela al antiguo Camino del bajo que, desde las actuales Paseo Colón – Leandro N. Alem – Libertador, bordeaba al entonces cauce del río, conectando la ciudad con el norte del conurbano. Las vías partieron en dos la Cabaña de los Azcuénaga, quienes debieron cerrar el ingreso principal por el camino del bajo y habilitar entradas laterales y otra sobre la naciente Av. Maipú, que empezaba a poblarse de nuevos vecinos, al compás del parcelamiento creciente que sufría la entonces villa de Vicente López.





Miguel José de Azcuénaga Basavilbaso murió soltero y sin descendencia, el 19 de enero de 1873. La propiedad pasó a la descendencia de su hermana Manuela, primero a su hija (y sobrina de Miguelito) María Rosa Martina de Olaguer Feliú Azcuénaga. Fallecida esta, la heredó, en 1903, su único hijo: Carlos Villate Olaguer Feliú; biznieto de Miguel de Azcuénaga.




Carlos Villate Olaguer de 31 años, era soltero y de fortuna. Viajaba seguido a París. Durante sus transitorias estancias en el Plata, residía en la Chacra Nueva y desde allí administraba sus numerosas propiedades y hacienda. Tenía un muelle sobre la barranca que daba al río, donde amarraba su yate, con el cual se desplazaba hacia Buenos Aires, cuando lo necesitaba. Al ver declinar irremediablemente su salud, Carlos, que no tenía descendientes, testó a los 46 años, poco antes de morir el 20 de abril de 1918.
Fiel a la generosa tradición de los Azcuénaga, los Basavilbaso, los Santa Coloma y los Olaguer, familias ilustres y patricias de las que descendía, Carlos Villate legó la histórica chacra de los Azcuénaga al Gobierno Nacional “Para que pueda hacer asiento o residencia veraniega” del Presidente de la Nación




Este legado fue aceptado a poco de morir Villate, el 30 de setiembre de 1918, mediante decreto del entonces presidente Hipólito Yrigoyen: “El Poder Ejecutivo de la Nación decreta: Acéptese el siguiente legado hecho por el señor Carlos Villate Olaguer: Al Gobierno Nacional de mi Patria, para que pueda hacer asiento o residencia veraniega, lego parte de mi propiedad denominada Cabaña Azcuénaga, situada en Vicente López, con los límites siguientes: por el Norte con la calle denominada Carlos Villate, por el Sud con la calle denominada Antonio Malaver, por el Este con el Río de la Plata y por el Oeste con la Avenida Centenario, que consta, más o menos, una superficie de treinta y cinco hectáreas. En caso de que el gobierno no aceptara esta donación, es mi voluntad sea construido un gran parque, donándolo al Gobierno Nacional para beneficio público y pulmones de la población, que se denominará Parque Azcuénaga.”
Esta aceptación se efectivizó formalmente el 3 de setiembre de 1920 ante el Juzgado Civil a cargo del Dr. Uladislao Padilla; donde tramitaba la sucesión de Carlos Villate Olaguer.
Así es como esta histórica cabaña pasó a ser propiedad de Estado Nacional. El presidente Yrigoyen, pese a haber aceptado este legado, jamás ocupó la residencia pero envió al Dr. Honorio Pueyrredón a tomar posesión de la misma, en nombre del gobierno.
El primer mandatario que usó la residencia con los fines pensados por Carlos Villate, aunque de modo esporádico, fue el presidente de facto, Gral. José Félix Uriburu, a partir del verano de 1931.
Desde entonces, en mayor o menor medida, casi todos los presidentes que lo sucedieron han mantenido esa costumbre.




miércoles, 10 de enero de 2018

HISTORIA DE MUJERES DE LA HISTORIA Ana Perichón

Contamos aquí una nueva historia de mujeres de la historia en este caso es la abuela de Camila O'Gorman, una dama muy bella  que vivió escandalizando a sus contemporáneos.



LA PERICHONA

            Ese fue uno de los motes que conquistó Ana Périchon, luego de haber sido “La gitana de las islas”, en peyorativa referencia a su nacimiento en la isla Mauricio, colonia francesa del Océano Índico.
  
            Contaba 22 años cuando arribó a estas tierras con sus padres, 3 hermanos y un marido irlandés Thomas O`Gorman, el cual viajaba constantemente por América en dudosas misiones comerciales.






 No era el mejor momento para las colonias; los criollos, que llamaban despectivamente “Pepe Botella” a José Bonaparte, hermano que Napoleón había instalado en España,
no sabemos si por su menguada estatura o por la afición al trago, no aceptaban su regencia y andaban de corrillos en conciliábulos.

            Por otra parte, se hacía evidente la codicia territorial de británicos, portugueses, franceses e ainda mais, convertidos en moscones revoloteando encima de una torta suculenta: la del poder.

      

     La Perichona, que a causa de las andanzas del marido quedaba sola por largos meses, en ese ambiente que era caldo de cultivo para todas las intrigas políticas, algo tenía que hacer para matar el aburrimiento. A práctica y ensayo, terminó por descubrir su gran disposición y ductilidad, la cual le permitía estar al lado de los patriotas y dada la ocasión, oficiar de espía de los ingleses, los portugueses, los franceses o de todos ellos a la vez.

            La muchacha demostró talento para desplegar su arte y es de imaginar con tal entorno, la agitada vida social, política y erótica que tuvo.

            Ella tanto se prestaba a proteger a algún contrabandista como a encubrir y hasta gestar algún negocio turbio en estas orillas, como en el Brasil, donde tenía familiares y amigos.

            Pero la trama de la vida es complicada; a más de uno se le enredan los hilos y se le arma la galleta. Eso le vino a ocurrir a Santiago de Liniers, militar francés nacido en Niort, que venía de una familia, a la fecha, con más blasones que fortuna.





  
            Había combatido en Argel, en Menoría o Santa Catalina, en Brasil, contra los moros, los ingleses y los portugueses.






 Se había casado y enviudado dos veces; la última de la hija de Manuel Sarratea y luego de haber tenido una juventud zarandeada en las lides del amor y los combates, permanecía vegetando en estas orillas por más de 20 años, como jefe de escuadrilla en el Río de la Plata.

        


    A la edad de 53 años, fue cuando la historia lo tocó en el hombro y en cuatro vertiginosos años, antes de que lo alcanzara la muerte, pasó del anonimato al poder.




            Lo que sigue es más sabido: la noche del 24 de junio de 1806 se representaba en la Casa de Comedias “El sí de las niñas” de Moratín, cuando alguien alertó: ¡Una expedición inglesa ha desembarcado en Quilmes y avanza hacia Buenos Aires!

            Buenos Aires tenía 40.000 habitantes y la pampa se adentraba por las calles de aquel puñado de manzanas que conformaban la ciudad.


            Al frente de una expedición de 1000 soldados que salió de Montevideo, Liniers organizó la defensa con talento y energía, con la participación del vecindario que supo convocar.



        
    Tras la reconquista, Liniers desfiló entre las aclamaciones de la multitud. Alto y apuesto, el maduro francés saludaba a las mujeres apiñadas en balcones y azoteas.





            Ana Périchon le arrojó a los pies su pañuelo de encaje, perfumado. Él, lo levantó con la punta de su sable y lo elevó devolviéndole el saludo.

            Y ya lo dice el refrán: el hombre es fuego, la mujer estopa; llega el diablo y sopla.

            A Liniers le interesó mucho conocer a la dueña del diminuto pañuelito de encaje y sus diligencias propiciaron el encuentro. . . y el entendimiento se produjo.



          La Perichona convivió con Liniers en la casa de la esquina de las actuales Reconquista y Corrientes; allí tenían lugar reuniones de notables. Por influencia de Anita se dispensaban puestos, favores y se intercambiaba información. Cada vez que el marido llegaba de un viaje, el virrey le tenía preparado otro, destinado a ser un nuevo Ulises sin Penélope.

         

   


Desde luego, esa relación no era bien vista por la sociedad, al punto que desde Montevideo, el gobernador Francisco Javier Elío, le envía por escrito a Liniers el siguiente consejo: “Cuide su conducta licenciosa, que su casa tiene techo de vidrio.”

            Sabido es que los consejos son una de las cosas que se suelen dar con mayor liberalidad; y en este caso provenían de un impopular gobernante devenido en improvisado moralista.

     







       Pero ellos continuaron con sus avatares amorosos, afrontando la opinión adversa de la sociedad, que no mejoró ni cuando la hija de Liniers, Carmen Liniers Sarratea se casó con el hermano menor de Ana; Juan Bautista Perico Abeille.

         

  En aquellas casonas, de recintos amplios, la ponzoña de la envidia también destilaba sus tóxicos entre esclavos y servidores.

            La venenosa lengua de algún fisgón o fisgona entrometida hizo correr la voz de que en los encuentros íntimos, la Perichona vestía guerrera militar sobre la piel y se ponía gorra de coronela. . .

            Evidentemente, Liniers no la estaba pasando mal, en tanto esa mujer menuda, ocurrente, mundana y atractiva a la que él solía llamar “mi petaquita”, se convertía en la piedra del escándalo.

          

  Álzaga, enemigo acérrimo de Liniers, quien también perdería la cabeza tiempo después, aunque por otros motivos, se ocupaba en escribir al gobierno español, el muy “alcaucil”, dando detalle del escándalo que significaba la relación del Virrey con esa mujer licenciosa.

            Tantas fueron las presiones de las circunstancias, que el amante no tuvo más remedio que sacarle a la enamorada, un pasaporte sin regreso a Río de Janeiro, dando fin a la relación.

            Es entendible; siempre para un militar la Patria debe estar primero ¿O no?

          






   La Perichona, con gran pena partió al exilio, pero joven y bonita, pronto encontró consuelo en los brazos de un inglés, nada menos que en los de Lord Strangford, embajador de su país ante el reino de Portugal. Y con lo antedicho, ha quedado visto y demostrado, que si de algo nunca padeció Anita Périchon, fue de xenofobia.



                                                       OTILIA DA VEIGA


                                                       13 / XII / 2009