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miércoles, 5 de julio de 2023

TARDE DE LOTERÍA CON LAS DAMAS DEL ABANICO




El  sábado 1 de julio, la Damas del Abanico, invitaron a sus amigas a reanudar los cálidos  encuentros  que la pandemia había obligado a suspenderlos.

Fue una tarde con muchas alegrías el volver a jugar a la lotería de cartones como en aquellas de la niñez y juventud de todas nosotras, y con las bolillas de madera que una de nuestras Damas conservaba como recuerdo de las hermosas reuniones familiares.




Hubo sorteos y regalos para casi todas...








                                        

Recibieron premios a la línea y al cartón lleno.


.Compartieron también alguna cosa rica con el café o té que se sirvieron en los descansos  entre los juegos.














Todas muy preocupadas por sus cartones!!!!!!!!

















Una hermosa tarde, que esperemos repetir en un tiempo no muy lejano, con algún otro encuentro musical, literario o de historias de nuestro barrio o barrios amigos.





 

sábado, 1 de junio de 2019

NUESTRO ANIVERSARIO

El sábado 22 de junio las esperamos a las 17.00 hs. en Bien Bohemio Sánchez de Loria 745 para festejar junto a nosotras el 10 aniversario de la creación de nuestra Orden del Abanico.

Jugaremos la tradicional Lotería,  como siempre con muchos regalos. Tomaremos un apetitoso té, café o una gaseosa acompañadas de algo rico y brindaremos por los primeros 10 años de amistad y compañía.


viernes, 5 de octubre de 2018

CUATRO COMEDIA CORTAS

Para entretenerse en el fin de semana les entrego la segunda de las comedias que escribió Silvia N. Martínez

"PILUSOS EN LA PLAYA"



GABY: GRACIELA CODESIDO
JOSÉ: ALICIA RODRÍGUEZ 
ABUELO: MARÍA  LAURA VILA
 ABUELA: ESTELA FAURE
SEÑORA: MARÍA ISABEL PEÑA 
RELATORA: SILVIA MARTÍNEZ

 Llegaron en tropel, cerca de las 11.  Era una mañana espectacular de mediados de enero y la temperatura amenazaba con batir récords. Elisa había elegido aquel balneario alejado para poder leer y estar en soledad. El pueblito cercano era minúsculo, y las  pocas casas que se alquilaban, quedaban ocultas unas de otras por altos médanos de manera que la aparición de aquella gente, la tomó por sorpresa. Buscó con la mirada en lo alto del acantilado y descubrió una traqueteada camioneta, en la que seguramente se desplazaban los recién llegados. Suspiró, resignada. Eran muy pocas las personas que bajaban a la playa y Elisa pensó que la inesperada visita no sería muy bien recibida.  Volvió su atención al grupo, olvidada ya del libro abierto sobre su falda.
Bajaban las escaleras en fila india y así continuaron hasta llegar a la playa. Tres chicos encabezaban la marcha. Los más chiquitos, sin dudas mellizos, tenían las manitos  llenas de palitas, rastrillos y los tradicionales baldes de colores. El mayorcito, de unos 8 años, llevaba bajo su brazo una especie de barrenador plástico, con forma de tiburón y los 3 usaban gorritos del tipo Piluso, de color rojo.
Los seguía un hombre bajito, de bermudas estampado, musculosa negra y el mismo gorro, pero en color verde rabioso. Arrastraba, más que llevaba, una vieja sombrilla de lona, con varillaje de madera, que debía pesar una tonelada y con el otro brazo sostenía varias reposeras desvencijadas. Sobre su espalda cargaba  una enorme mochila.
Detrás de él iba una mujer, tirando de un carrito maletero donde habían colocado una heladera portátil, que por el tamaño, parecía un freezer comercial, y sobre ésta, un brillante balde rojo de 20 litros, por cuyo borde asomaban un par de termos y un cajón con el equipo de tejos. Aunque bonita, le sobraban unos 25 kilos, que era más o menos el peso de lo que debía llevar en la heladera, por la forma en que el carrito se atascaba en la arena. Acalorada por el esfuerzo, se quitó una capelina de paja que lucía algo torcida y comenzó a abanicarse con ella, mientras le gritaba al hombre:

GABY: ¡Pará, José! Nos quedamos acá, que no puedo más y me estoy quemando los pies.

RELATORA: José se apresuró a dejar su carga en la arena y corrió a ayudar a una pareja de  abuelos que venía detrás de Gaby, cada uno llevando un sillón de lona plegable, de los de tipo “tijera”. Ellos también usaban Pilusos, pero de color amarillo canario.

JOSÉ: Dejen todo acá, que ahora lo armamos. ¿Dónde están la Daiana y el Catriel?

RELATORA: Elisa vio que esos nombres pertenecían a dos adolescentes que cerraban la marcha, alejados por unos metros y con caras de “yo no los conozco”, él haciendo malabares con una pelota y ella cargando sólo un bolsito de plástico trasparente sobre el hombro. Pero se notaba que eran de la familia por los Pilusos azul eléctrico de sus cabezas.

Una vez todos reunidos, comenzó una discusión entre los dos hombres mayores sobre la mejor manera de instalar la sombrilla.

ABUELO: Lo mejor es ponerla en la orilla, sobre la arena húmeda, porque hay mucho viento y la abuela estará más resguardada ahí. Dame la palita para hacer el agujero.

JOSÉ: Nada de eso, si la ponemos allá, la sombra no rinde nada y además, la puede levantar un golpe de viento, dame a mí la pala que yo tengo más fuerza.

ABUELO: Qué fuerza ni fuerza, es cuestión de saber ponerla, ¿Me vas a decir a mí, que hace como 50 años que pongo sombrillas en la playa?

RELATORA: Al fin ambos transaron en un peligroso ángulo de 45 grados y la abuela se apresuró a abrir su silla tijera y sentarse en el medio del círculo sombreado, mientras José extraía de la mochila una cantidad de toallas y toallones suficientes para instalar una tienda.
Por su parte, la gordita ubicó la heladera contra la silla de la abuela, volvió a  encasquetarse la capelina y procedió a sacarse el pareo hindú con hilos dorados que la hacía lucir como un cartel luminoso. Seguramente alguien le había dicho que las rayas afinan la silueta, pero olvidaron decirle que el “animal print” de cebra, no era lo mejor para su silueta.  Los rollitos asomaban por los bordes de la malla como queriendo ver el mar, pero ella, indiferente, se bajó los breteles, los ató a su espalda y se dejó caer en la reposera que José, solícito, ya le había preparado, la que crujió lastimosamente bajo su peso.

ABUELO: Vengan mellis, vamos a hacer un pozo enorme para sacar almejas, y después las vamos a guardar en el balde rojo con agua de mar. ¡José! Querés sacar los termos y el tejo del balde que es para las almejas…

ABUELA: ¿Quién quiere un sandwichito?

GABY: Nadie, abuela, no van a comer nada hasta la una, por lo menos. Y cuidadito que alguno abra la heladera antes del almuerzo. Le corto la mano!

RELATORA: Mientras, el nene mayor corrió hacia el mar, arrastrando su tiburón de plástico. La madre, sin moverse de la reposera, dejó de aplicarse bronceador en el rostro.

GABY: José, vigilalo  al Jonatán que se va al agua y no descuides a los mellizos. Y vos, Daiana, cuidadito con desaparecer como siempre. Abuela, usted no deje que el Catriel abra la heladera a cada rato, que nos vamos a quedar sin cubitos enseguida y usted, abuelo, póngase a la sombra ¿O se quiere insolar? 

RELATORA: La mujer buscó el mejor ángulo para cocinarse, colgó la capelina del brazo de la reposera y cerró los ojos, momento que aprovecharon la Daiana y el Catriel para hacerse humo.  Disfrutando del momentáneo silencio, Elisa volvió a su libro, pero la calma duró poco, quebrada por los gritos de una mujer furiosa, que traía a la rastra al Jonatán de una oreja y al tiburón en la otra mano.

SEÑORA ENOJADA: ¡La madre! ¡Quiero saber quién es la madre! Este demonio casi me quiebra la pierna con esa tabla de porquería…

RELATORA: A Gaby le tomó un segundo incorporarse y salir en defensa de su cachorro.

GABY: ¡La madre soy yo! ¿Se puede saber qué le pasa, “señora”?

RELATORA: Antes de que la mujer pudiera contestar, se escuchó un aullido estremecedor que parecía salir de ultratumba. Gaby no había advertido que, sobre lo que se paraba, no era un montículo de arena, sino la panza de José, semienterrado por los mellis y el abuelo. El aullido de José se mezcló entonces con el llanto del Jonatán, que tenía la oreja inflamada como una coliflor por las sacudidas de la ofendida señora, los gritos de Gaby y las palabrotas del abuelo, que veía derrumbarse el castillo de arena que estaba construyendo. A esta altura de los hechos, Elisa consideró mejor retirarse, antes de que comenzaran a tirarse con los sándwiches de milanesa, que seguramente atesoraban en la heladerita.

Cuando ya llegaba al límite de la playa, Elisa se volvió para dar un último vistazo a la bochinchera familia, pero solo pudo ver un grupo de Pilusos de colores, corriendo detrás de la sombrilla que rodaba alegremente hacia el mar, dejando tras de sí a la abuela, despatarrada sobre la arena.





sábado, 7 de julio de 2018

HOMENAJE A LA DAMA EMÉRITA ISABEL MERELLANO

                                             
     
                                                                                                          El viernes 6 de julio la Damas del Abanico realizaron en el hall de la Comuna 5 "Almagro - Boedo" un homenaje a nuestra Dama Emérita Profesora Isabel Merellano, inaugurando una muestra de algunas  obras que realizara desde el año 1975 a la fecha.
 Presentes la Gran Dama Sra. Silvia Aimery, y las Damas Ana Paz, María Laura Vila, María Rosa Cagnoni, Silvia N. Martínez y Alicia N. Rodríguez
Las obras expuestas son :
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PRESENCIA DE UN RECUERDO (1975)





LOS FRUTOS DE TU CUERPO (1987)

                                     COMO UNA MADDONA ( 1990)


    ESTÍO (2007)

                                                          DEL PASADO (2011) Colección                                                                                                                                    Cristina Mira 


LA TARDE DEL FAUNO (2013) Colección Eduardo Ruiz


                                                                  VIRGEN Y NIÑO (2017)                                                                                                                              Colección Victoria Durini 









domingo, 14 de enero de 2018

Como llegó la Quinta de Olivos a ser Residencia Presidencial

Nota de Juan Pablo Bustos Thames  publicada en el Diario La Nación en octubre de 2015


La historia del predio es tan vieja como la Ciudad; el lote fue otorgado por Juan de Garay a uno de los colonos que trajo de Asunción. El vínculo con un vocal de la Primera Junta y la donación de un dandy soltero y generoso.



La legendaria Residencia Presidencial de Olivos ubicada a unos diez kilómetro al norte de la ciudad de Buenos Aires, en la localidad del mismo nombre es, seguramente, uno de los edificios que simbolizan la investidura del primer mandatario en la República Argentina.
Ahora bien, ¿Cómo es que este extenso predio, de alrededor de treinta y cinco hectáreas, ubicado en el partido bonaerense de Vicente López, llegó a ser la residencia del titular del Poder Ejecutivo en nuestro país?
Juan de Garay fundó, por segunda vez, la Ciudad de la Trinidad y el Puerto de la Santa María de los Buenos Aires el 11 de junio de 1580. En su expedición, originaria de Asunción del Paraguay, Garay vino acompañado de 64 hombres y una mujer (Ana Díaz), con sus respectivas familias.
Entre estos primeros habitantes, Garay repartió las extensas parcelas en las que dividió la tierra anexa al poblado que acababa de fundar. Después de lotear los terrenos los distribuyó por sorteo a cada colono que trajo de Asunción. Al militar Rodrigo de Ibarrola le tocó la suerte  número 39 que comprendía:

1°) El cuarto de una manzana próxima a la Plaza Mayor, (hoy Plaza de Mayo) detrás del Cabildo Porteño, para ser más precisos.
2°) Una huerta de aproximadamente una manzana, en el actual barrio de Constitución; que por entonces quedaba al Sur del poblado originario


3°) Una extensa “Chacra” de unas 300 varas de Este a Oeste ( unos 250 metros), contados a partir de la barranca del río, hacia el interior; por una legua de largo (5 kilómetros paralelos al río). Se trataba de una línea de “Chacras” que nacían cerca de la actual Plaza del Retiro hacia el Norte y terminaban en San Fernando. Era una forma de darles a los primitivos colonos porteños una extensión adicional de terreno, para su explotación agropecuaria, fuera del ejido urbano. Así nació la costumbre de muchos vecinos de tener una vivienda en la ciudad y una “chacra” o “quinta” en el Norte de la ciudad, que continúa hasta hoy.


Dentro de la chacra adjudicada a don Rodrigo se encontraba el terreno en el que  hoy se erige la “Quinta Presidencial” de Olivos, demarcado por las calles Villate, Malaver, Av. Maipú y las vías del Ferrocarril Gral. Mitre.
En aquel entonces, la ribera del Río de la Plata llegaba a sus inmediaciones. Por algún motivo, Rodrigo de Ibarrola no se asentó definitivamente en la nueva urbe; al poco tiempo retornó a Asunción, de cuyo Cabildo llegó a ser regidor, luego de haber ocupado idéntica función en el de Buenos Aires.
No sabemos bien cómo se fue transmitiendo la propiedad debido a que no existía un sistema registral; tampoco se conservan todos los archivos de la Buenos Aires colonial.
En 1774, don Manuel de Basavilbaso, que era administrador general de correos de la ciudad, adquirió esa porción de la “Chacra” originaria de don Rodrigo, a un tal Pedro Morán. Al fallecer don Manuel, la heredó su única hija, Justa Rufina de Basavilbaso y Garfias; quien se casó con un primo hermano suyo, más tarde sería famoso: don Miguel Ignacio de Azcuénaga y Basavilbaso, conocido entre nosotros por el nombre abreviado de Miguel de Azcuénaga.




El padre de Justa Rufina era hermano de la madre de Miguel Ignacio quien presidiera la Primera Junta de Gobierno, tras la Revolución de Mayo de 1810. En 1812 ocupó el cargo de titular de la Gobernación Intendencia de Buenos Aires; con lo que llegó a ser el primer gobernador de la actual Provincia de Buenos Aires. En 1819, fue diputado al Congreso de Tucumán, que entonces ya sesionaba en la Capital. En 1828 intervino en las negociaciones de paz con el Imperio de Brasil. Murió el 19 de diciembre de 1833, en la misma Quinta de Olivos. Su esposa había fallecido el 5 de febrero de 1818.
En vida, ambos disfrutaron de la quinta, donde se había construido una casa, como residencia de descanso. En la ciudad, residían frente a la Plaza de Monserrat (hoy plazoleta Provincia de Jujuy, frente al ex Ministerio de Obras Públicas, en la Av. 9 de Julio, entre Moreno y Alsina)
La casa de la “Quinta” era sencilla de estilo colonial: de una sola planta, con paredes de adobe blanqueadas y techo de tejas; el frente daba a la barranca del río. Muchas de las prominentes familias patrias de entonces eran vecinas de los Azcuénaga. Uno de los hijos del matrimonio, Miguel José, conocido en la familia como “Miguelito”, para distinguirlo del padre, heredó luego la propiedad que los Azcuénaga llamaban “Chacra Nueva” para diferenciarla de la “Chacra Vieja” que heredaría su hermana Manuela.
En la “Chacra Nueva” Miguelito se dedicó a criar caballos de raza. Los vecinos la rebautizaron entonces como “Cabaña de los Azcuénaga” Tiempo después, Miguelito requirió a su amigo y contemporáneo Prilidiano Pueyrredón, único hijo de Juan Martín de Pueyrredón y el más prestigioso arquitecto argentino de entonces, que diseñara una nueva casa, más cómoda y acorde a los nuevos tiempos. Prilidiano se había graduado en el Instituto Politécnico de Francia, y era también un  reconocido pintor y escultor.


Pueyrredón puso manos a la obra y en 1851 confeccionó los planos de su primera edificación importante en nuestro país: la hermosa casa neoclásica que sustituyó a la vetusta vivienda colonial de los Azcuénaga. Su frente es básicamente con pocas adecuaciones, el que conocemos hoy. El diseño de Prilidiano era novedoso, basado en una seguidilla de terrazas divergentes, en tres niveles que, abriéndose en diagonal, van convergiendo hasta transformarse en un hermoso mirador, en la cima.
Por esa época, se llevó a cabo un hermoso e importante trabajo de parquización en el que intervino el famoso paisajista francés Charles Thays (diseñador de los parques de Palermo y otros), quien embelleció la rudimentaria chacra colonial, plantando tipas y araucarias.
Hacia 1863, el ferrocarril llegó a Olivos siguiendo una traza paralela al antiguo Camino del bajo que, desde las actuales Paseo Colón – Leandro N. Alem – Libertador, bordeaba al entonces cauce del río, conectando la ciudad con el norte del conurbano. Las vías partieron en dos la Cabaña de los Azcuénaga, quienes debieron cerrar el ingreso principal por el camino del bajo y habilitar entradas laterales y otra sobre la naciente Av. Maipú, que empezaba a poblarse de nuevos vecinos, al compás del parcelamiento creciente que sufría la entonces villa de Vicente López.





Miguel José de Azcuénaga Basavilbaso murió soltero y sin descendencia, el 19 de enero de 1873. La propiedad pasó a la descendencia de su hermana Manuela, primero a su hija (y sobrina de Miguelito) María Rosa Martina de Olaguer Feliú Azcuénaga. Fallecida esta, la heredó, en 1903, su único hijo: Carlos Villate Olaguer Feliú; biznieto de Miguel de Azcuénaga.




Carlos Villate Olaguer de 31 años, era soltero y de fortuna. Viajaba seguido a París. Durante sus transitorias estancias en el Plata, residía en la Chacra Nueva y desde allí administraba sus numerosas propiedades y hacienda. Tenía un muelle sobre la barranca que daba al río, donde amarraba su yate, con el cual se desplazaba hacia Buenos Aires, cuando lo necesitaba. Al ver declinar irremediablemente su salud, Carlos, que no tenía descendientes, testó a los 46 años, poco antes de morir el 20 de abril de 1918.
Fiel a la generosa tradición de los Azcuénaga, los Basavilbaso, los Santa Coloma y los Olaguer, familias ilustres y patricias de las que descendía, Carlos Villate legó la histórica chacra de los Azcuénaga al Gobierno Nacional “Para que pueda hacer asiento o residencia veraniega” del Presidente de la Nación




Este legado fue aceptado a poco de morir Villate, el 30 de setiembre de 1918, mediante decreto del entonces presidente Hipólito Yrigoyen: “El Poder Ejecutivo de la Nación decreta: Acéptese el siguiente legado hecho por el señor Carlos Villate Olaguer: Al Gobierno Nacional de mi Patria, para que pueda hacer asiento o residencia veraniega, lego parte de mi propiedad denominada Cabaña Azcuénaga, situada en Vicente López, con los límites siguientes: por el Norte con la calle denominada Carlos Villate, por el Sud con la calle denominada Antonio Malaver, por el Este con el Río de la Plata y por el Oeste con la Avenida Centenario, que consta, más o menos, una superficie de treinta y cinco hectáreas. En caso de que el gobierno no aceptara esta donación, es mi voluntad sea construido un gran parque, donándolo al Gobierno Nacional para beneficio público y pulmones de la población, que se denominará Parque Azcuénaga.”
Esta aceptación se efectivizó formalmente el 3 de setiembre de 1920 ante el Juzgado Civil a cargo del Dr. Uladislao Padilla; donde tramitaba la sucesión de Carlos Villate Olaguer.
Así es como esta histórica cabaña pasó a ser propiedad de Estado Nacional. El presidente Yrigoyen, pese a haber aceptado este legado, jamás ocupó la residencia pero envió al Dr. Honorio Pueyrredón a tomar posesión de la misma, en nombre del gobierno.
El primer mandatario que usó la residencia con los fines pensados por Carlos Villate, aunque de modo esporádico, fue el presidente de facto, Gral. José Félix Uriburu, a partir del verano de 1931.
Desde entonces, en mayor o menor medida, casi todos los presidentes que lo sucedieron han mantenido esa costumbre.




miércoles, 10 de enero de 2018

HISTORIA DE MUJERES DE LA HISTORIA Ana Perichón

Contamos aquí una nueva historia de mujeres de la historia en este caso es la abuela de Camila O'Gorman, una dama muy bella  que vivió escandalizando a sus contemporáneos.



LA PERICHONA

            Ese fue uno de los motes que conquistó Ana Périchon, luego de haber sido “La gitana de las islas”, en peyorativa referencia a su nacimiento en la isla Mauricio, colonia francesa del Océano Índico.
  
            Contaba 22 años cuando arribó a estas tierras con sus padres, 3 hermanos y un marido irlandés Thomas O`Gorman, el cual viajaba constantemente por América en dudosas misiones comerciales.






 No era el mejor momento para las colonias; los criollos, que llamaban despectivamente “Pepe Botella” a José Bonaparte, hermano que Napoleón había instalado en España,
no sabemos si por su menguada estatura o por la afición al trago, no aceptaban su regencia y andaban de corrillos en conciliábulos.

            Por otra parte, se hacía evidente la codicia territorial de británicos, portugueses, franceses e ainda mais, convertidos en moscones revoloteando encima de una torta suculenta: la del poder.

      

     La Perichona, que a causa de las andanzas del marido quedaba sola por largos meses, en ese ambiente que era caldo de cultivo para todas las intrigas políticas, algo tenía que hacer para matar el aburrimiento. A práctica y ensayo, terminó por descubrir su gran disposición y ductilidad, la cual le permitía estar al lado de los patriotas y dada la ocasión, oficiar de espía de los ingleses, los portugueses, los franceses o de todos ellos a la vez.

            La muchacha demostró talento para desplegar su arte y es de imaginar con tal entorno, la agitada vida social, política y erótica que tuvo.

            Ella tanto se prestaba a proteger a algún contrabandista como a encubrir y hasta gestar algún negocio turbio en estas orillas, como en el Brasil, donde tenía familiares y amigos.

            Pero la trama de la vida es complicada; a más de uno se le enredan los hilos y se le arma la galleta. Eso le vino a ocurrir a Santiago de Liniers, militar francés nacido en Niort, que venía de una familia, a la fecha, con más blasones que fortuna.





  
            Había combatido en Argel, en Menoría o Santa Catalina, en Brasil, contra los moros, los ingleses y los portugueses.






 Se había casado y enviudado dos veces; la última de la hija de Manuel Sarratea y luego de haber tenido una juventud zarandeada en las lides del amor y los combates, permanecía vegetando en estas orillas por más de 20 años, como jefe de escuadrilla en el Río de la Plata.

        


    A la edad de 53 años, fue cuando la historia lo tocó en el hombro y en cuatro vertiginosos años, antes de que lo alcanzara la muerte, pasó del anonimato al poder.




            Lo que sigue es más sabido: la noche del 24 de junio de 1806 se representaba en la Casa de Comedias “El sí de las niñas” de Moratín, cuando alguien alertó: ¡Una expedición inglesa ha desembarcado en Quilmes y avanza hacia Buenos Aires!

            Buenos Aires tenía 40.000 habitantes y la pampa se adentraba por las calles de aquel puñado de manzanas que conformaban la ciudad.


            Al frente de una expedición de 1000 soldados que salió de Montevideo, Liniers organizó la defensa con talento y energía, con la participación del vecindario que supo convocar.



        
    Tras la reconquista, Liniers desfiló entre las aclamaciones de la multitud. Alto y apuesto, el maduro francés saludaba a las mujeres apiñadas en balcones y azoteas.





            Ana Périchon le arrojó a los pies su pañuelo de encaje, perfumado. Él, lo levantó con la punta de su sable y lo elevó devolviéndole el saludo.

            Y ya lo dice el refrán: el hombre es fuego, la mujer estopa; llega el diablo y sopla.

            A Liniers le interesó mucho conocer a la dueña del diminuto pañuelito de encaje y sus diligencias propiciaron el encuentro. . . y el entendimiento se produjo.



          La Perichona convivió con Liniers en la casa de la esquina de las actuales Reconquista y Corrientes; allí tenían lugar reuniones de notables. Por influencia de Anita se dispensaban puestos, favores y se intercambiaba información. Cada vez que el marido llegaba de un viaje, el virrey le tenía preparado otro, destinado a ser un nuevo Ulises sin Penélope.

         

   


Desde luego, esa relación no era bien vista por la sociedad, al punto que desde Montevideo, el gobernador Francisco Javier Elío, le envía por escrito a Liniers el siguiente consejo: “Cuide su conducta licenciosa, que su casa tiene techo de vidrio.”

            Sabido es que los consejos son una de las cosas que se suelen dar con mayor liberalidad; y en este caso provenían de un impopular gobernante devenido en improvisado moralista.

     







       Pero ellos continuaron con sus avatares amorosos, afrontando la opinión adversa de la sociedad, que no mejoró ni cuando la hija de Liniers, Carmen Liniers Sarratea se casó con el hermano menor de Ana; Juan Bautista Perico Abeille.

         

  En aquellas casonas, de recintos amplios, la ponzoña de la envidia también destilaba sus tóxicos entre esclavos y servidores.

            La venenosa lengua de algún fisgón o fisgona entrometida hizo correr la voz de que en los encuentros íntimos, la Perichona vestía guerrera militar sobre la piel y se ponía gorra de coronela. . .

            Evidentemente, Liniers no la estaba pasando mal, en tanto esa mujer menuda, ocurrente, mundana y atractiva a la que él solía llamar “mi petaquita”, se convertía en la piedra del escándalo.

          

  Álzaga, enemigo acérrimo de Liniers, quien también perdería la cabeza tiempo después, aunque por otros motivos, se ocupaba en escribir al gobierno español, el muy “alcaucil”, dando detalle del escándalo que significaba la relación del Virrey con esa mujer licenciosa.

            Tantas fueron las presiones de las circunstancias, que el amante no tuvo más remedio que sacarle a la enamorada, un pasaporte sin regreso a Río de Janeiro, dando fin a la relación.

            Es entendible; siempre para un militar la Patria debe estar primero ¿O no?

          






   La Perichona, con gran pena partió al exilio, pero joven y bonita, pronto encontró consuelo en los brazos de un inglés, nada menos que en los de Lord Strangford, embajador de su país ante el reino de Portugal. Y con lo antedicho, ha quedado visto y demostrado, que si de algo nunca padeció Anita Périchon, fue de xenofobia.



                                                       OTILIA DA VEIGA


                                                       13 / XII / 2009